Pero el poeta, está poseído por la hermosura que brilla, por la belleza resplandeciente que destaca entre todas las cosas. Y sabe, es lo único que no puede olvidar, que tendrá que dejar de verla, de gozar su brillo. El poeta está, para su desventura, consagrado a una divinidad que perece, en el doble sentido, de que la vemos irse ante nosotros y de que nosotros también nos iremos a donde ella ya no esté.
María Zambrano, Filosofía y poesía.
Creo que lo que da valor al o la poeta, es precisamente, eso.
ResponderSuprimirSu conciencia de la fugacidad y, al mismo tiempo, su capacidad de ser y morir y renacer...en todo.