¡Qué horrible vida! ¡Qué horrible ciudad! Recapitularé la jornada: he visto a varios hombres de letras, uno de los cuales me ha preguntado si se podía ir por tierra a Rusia (sin duda tomaba a Rusia por una isla); he discutido ampliamente con el director de una revista, que a cada objeción respondía: "Aquí estamos de parte de la gente honrada", lo que implicaba que todos los periódicos los redactan bribones; he saludado a unas veinte personas, de las cuales no conocía a quince; he repartido apretones de manos en la misma proporción, y eso sin haber tomado la precaución de comprame unos guantes; para matar el tiempo, durante el chaparrón, he subido a la casa de una bailarina de poca monta, que me pidió que le dibujara un vestido de "Venusa"; he dorado la píldora a un director de teatro que me dijo al despedirme: "Tal vez haría usted bien dirigiéndose a Z...: es el más pesado, necio y célebre de mis autores, y quizás podría llegar con él a un acuerdo. Hable con él y luego veremos"; me he vanagloriado (¿por qué?) de varias acciones feas que no he cometido nunca y he negado cobardemente algunas otras fechorías que había realizado con alegría: delito de fanfarronería, atentado contra el respeto humano; he negado a un amigo un pequeño favor, y he recomendado por escrito a un consumado tunante; ¡uf!, ¿he acabado?
Descontento de todos y de mí, quisiera redimirme y enorgullecerme un poco en el silencio y la soledad de la noche. ¡Almas de quienes he querido, almas de quienes he cantado, fortalecedme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los vapores corruptores dle mundo, y tú, Señor y Dios mío, concédeme la gracia de producir algunos versos hermosos que me demuestren que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio.
Charles Baudelaire, Pequeños poemas en prosa
Qué perla!
ResponderSuprimir