(Mark Strand)IEn la noche sin fin, en medio de la oscuridad que empapa,
yo tengo puesto un traje blanco que brilla
entre las hojas negras que caen, entre
las lunas recubiertas de insectos de los postes de luz.
Camino entre los árboles de color esmeralda
en la noche sin fin. Voy cruzando
la calle, luego desaparezco cuando doblo la esquina.
Brillo al atravesar el parque, rumbo
a la estación donde me están esperando los otros.
Muy pronto viajaremos por la oscuridad sin sonido,
con fuegos para guiarnos por el áspero terreno
de la noche sin fin. Y tengo puesto
un traje que opaca hasta la luna, que brilla deslumbrante
cuando entro en la estación donde los otros
susurran que la luna
no es más impedimento que cualquier otra cosa,
y que, si alguien sufre, se pueden comprar alas
por monedas o cambiarlas por armas, que la reglas
de la tierra se aplican asimismo a quienes se disponen a partir,
que es mejor estar listos, puesto que la ceniza
del cuerpo es insignificante y no viaja muy lejos.
VIITe podrías burlar del esplendor de la luz de la luna,
¿pero qué sería el corazón humano si deseara
sólo la oscuridad y no quisiera nada en esta tierra
sino la tinta de los mares o la negra sombra de las rocas?
Arrojarse una noche de verano hacia el vacío
plateado del aire y contemplar los campos pálidos
mientras descansan, bajo la mirada huraña de la luna,
quedarse demorado en lo profundo de la vista y preguntarse
cómo, en esta blancura, lo que amas está
más allá de la pena, y cómo en ese valle dilatado de tu mirada
crece la esperanza, y ahí, bajo el lejano
y apenas perceptible fuego de todas las estrellas,
sentirte despertar al cambio, como si tu cambio
fuera inmenso y figurara en los anhelos celestiales.
Y sin embargo, todo lo que querés es levantarte de la sombra
de vos mismo y ponerte al calor refrescante de una noche de verano
cuando brilla la luna y hasta la tierra misma
está cubierta y en silencio en su sueño de piedra.
VIIISi el alba rompe el corazón, y es un horror la luna,
y el sol no es nada más que la fuente del sopor,
entonces por supuesto habría callado todos estos años
y no habría decidido salir hoy a la noche
con mi traje cruzado azul oscuro nuevo
y sentarme en la mesa de un restaurante con un bol
de sopa frente a mí, celebrando lo bien que me ha tratado
la vida y cómo ha culminado en este instante.
Las armonías de lo saludable han llegado a su apogeo,
y estoy temblando de satisfacción, y a vos
también se te ve bien. Me gustan mucho tus dientes de oro tu y pelo teñido
un poco verde y un poco amarillo, y tu peso, que al fin
ha subido hasta un punto que jamás habíamos pensado
que llegaría. Oh compañera, hermosa muerte mía,
mi negro paraíso, mi droga con olor a húmedo,
mi musa simbolista, ofréceme tu pecho
o tu mano o tu lengua que duerme todo el día
detrás de su muralla de encías color rojo.
Acostate en el piso del restaurante
y recita todo lo que se ha escapado de mi felicidad.
Decime que no viví en vano, que las estrellas
no van a morir y que las cosas van a seguir siendo como son,
que lo que he visto durará, que no nací
en el cambio, que lo que dije no lo dijeron por mí.
XIVEl barco se quedó demorado en el puerto.
La promesa de la partida comenzó a apagarse.
El resplandor del mar, la brillante abundancia
de su azul, sin embargo, no se apagan.
Los pasajeros unen sus voluntades para liberar
el barco que chirría. Lo único que quieren
es un último viaje más allá de las palmeras de papel
y los bancos de arena de la melancolía, más allá del cristal
y las mansiones de alabastro enhebradas a lo largo
de la costa, más allá del sonido de sirenas
y de los estruendosos engranajes de los grandes camiones que trepan las colinas,
hacia la desnudez bañada por la luna de las olas,
donde los garabatos en el agua tientan a los viajeros a sumergir sus manos
para atrapar esos mensajes que se van disolviendo entre sus palmas.
Una vez y otra vez sale a flote lo escrito,
resplandece a la luz por un instante y se hunde después sin que nadie lo lea.
¿Por qué los pasajeros habrían de desear con tantas ansias
vislumbrar lo que nunca han de tener?
¿Por qué hay tantos de ellos apiñados sobre las barandas,
mientras dormita aún el barco amarrado en el puerto?
¿Y a quién saludan con la mano? Hace
años que los negocios de la ciudad abrieron,
hace años que izaron la bandera en el pequeño parque,
que la nube detrás de la montaña de la zona se movió.
XVIEs cierto, como dijo alguien, que en
un mundo sin cielo todo es despedida.
Sin importar si vos saludas con la mano,
aun así es despedida, y si no brotan lágrimas de tus ojos,
es despedida igual, y si fingís no haberte dado cuenta,
odiando lo que pasa, también es despedida.
Es despedida de una forma u otra. Y las palmeras que se inclinan
sobre la laguna, verde y radiante, y los pelícanos
que se zambullen, y los cuerpos brillosos de los bañistas que descansan,
son etapas de una quietud final, y el movimiento
de la arena y del viento, y las secretas contorsiones del cuerpo,
son parte de lo mismo, una simplicidad que hace del ser
una ocasión para el lamento, o una ocasión
digna de celebrarse, ¿o si no qué otra cosa puede hacer uno
al percibir el peso de las alas de los pelícanos,
la densidad de las sombras de las palmeras y las células
que oscurecen la espalda de los bañistas? Estas cosas van más allá
de lo azaroso, con sus distorsiones, y de las evasiones de la música. El final
vuelve a representarse una y otra vez. Y lo sentimos
en las tentaciones del sueño, en la maduración de la luna,
en el vino y en su espera en la copa.
XL¿Cómo puedo cantar, cuando no tengo la sensación ni la esperanza
de que algo del paraíso va a persistir en mi canción,
de que un roce de aquellas largas tardes de verano,
con sus pastos de oro que se derramaban bajo el azul sin mácula del cielo
va a hacer su hogar en otro lugar imaginario?
¿Habrá alguien ahí para tocar la viola, alguien que aún
les dé importancia a las canciones tristes? Y después de irme, como debo
y de volver, pasando por el reloj de arena, ¿voy a haber demostrado
que vivo contra el tiempo, que la seda de las canciones que canté
no va a perderse? ¿O voy a haber probado que lo que amo,
sea lo que fuere, me es intolerable, y que el paisaje del Leteo
nunca mejorará, y que lo que canto, sea lo que fuere, siempre es un vacío?
XLIVRecuerdo estar parado frente a la rompiente de las olas,
con más miedo del ruido que del agua:
me tapé las orejas y corrí hacia mi madre
y esperé que me llevaran a la casa en la ciudad,
donde había silencio y no se oía el mar en los alrededores.
Y sin embargo, el mar en sí, ver cómo se extendía
hasta donde la vista alcanzaba a abarcar, me fascinaba.
Tan sólo su rugido daba miedo. Y ahora, años después,
son justamente su sonido y su tamaño lo que tanto me gusta
y lo que extraño en mi exilio tierra adentro entre montañas
que en nada cambian salvo por la luz
que las tiñe, o la nieve que las vuelve lejanas
o las nubes que las elevan y las hacen parecer mucho más altas
de lo que son. Y se las representa sin que tengan nada
del misterio del mar que crea sus propios cambios.
Los encuentros con uno y otras deben forzosamente diferir;
de todos modos, si tuviera que elegir, contemplaría el mar
y me abandonaría a sus sonidos que alguna vez me dieron tanto miedo.
Pero en aquellos días qué sabía del placer de la pérdida,
del borde del abismo que se acerca con susurros
y tormentas, un enorme animal hecho de agua quebrándose en las rocas,
lanzando sus estrellas de sal, su estrépito de nubes espumosas.
XLVEstoy seguro de que encontrarías brumoso este lugar,
y sus montones de chalets de piedra que habría que arreglar urgentemente.
Unos grupos de almas, enfundadas en túnicas, están sentadas en los campos,
o van por los caminos serpenteantes de tierra. Son amables
y ajenas a sus cuerpos que, silbando, atraviesa
el viento. No hace mucho,
me detuve a descansar en un lugar en que una bruma
especialmente espesa subía desde el río. Alguien
que había dicho conocerme de hace años
se acercó y rne contó que en los alrededores
había muchos poetas que deseaban regresar a la vida.
Estaban listos para pronunciar las palabras que no habían podido decir,
palabras cuya ausencia había sido el silencio del amor,
del dolor, y del placer, incluso. Después se fue a reunir con un grupito,
que estaba junto a un fuego. Me pareció reconocer
algunas de las caras, pero a medida que me iba acercando escondían
sus rostros debajo de las alas. Yo giré la cabeza y miré en dirección a las colinas
que se alzaban sobre el río, donde la luz dorada del crepúsculo
y del amanecer son una misma luz, y vi algo que volaba
agitando las alas sin cesar. Y luego se detuvo, sostenido en el aire.
Era un ángel, y uno de los buenos, a punto de cantar.